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Griegos primitivos en la península ibérica, por Emilio Silvera

Mapa de Tartessos

Los colonizadores griegos llegaron a la Península Ibérica y se instalaron en una nueva colonia costera en el golfo de Rosas poco después de fundar su anterior asentamiento en Mesalia (Marsella).


El nuevo asentamiento de los griegos en la Península Ibérica tomó el nombre de Emporión (“emporio”), lo cual dio al lugar un significado específico como centro de comercio e intercambio.


Se cree que los primeros colonizadores llegaron a Emporion (Ampurias o Empuréis) a comienzos del s. VI a. C. (entre 600 y 570 a. C.). A Pesar de la connotación efímera del nombre, Emporion fue una colonia duradera que floreció en el período helenístico, como ciudad griega. El general romano Cneo Cornelio Escipión desembarcaría con dos legiones en Emporion para empezar la conquista de la Península Ibérica en 218 a. C.


Además de la historia interna –y externa- de la ciudad griega de Emporion (que sería objeto de otro debate), el asunto de los griegos en la Península Ibérica surge cuando se habla de varios aspectos de la Hispania prerromana: el mito de Tartessos; la competencia entre los fenicios y los griegos; la aportación griega a los cimientos de la cultura y el arte ibéricos; la conquista final por parte d

e los cartagineses; y así sucesivamente.

Como es natural, toda la interpretación del papel que desempeñaron los griegos en la Península Ibérica depende de su propia historia en Grecia y sus colonias en el Mediterráneo occidental.


Los coceos (afines a la comunidad griega de Mesalia) eran conocidos como navegantes excelentes que asombraban a los otros marineros con su capacidad para navegar en formidables barcos de guerra (pentecóntoras): “Fueron ellos quienes descubrieron el mar Adriático, y Tirrenia, e Iberia, y Tartessos, no navegando en barco de carga, sino en naves de cincuenta remos” (Herodoto 1, 163). Mesalia ya era una colonia focea en c. 600 a.C. (“ciento veinte años antes de la batalla de Salamina”, según Timeo), cerca del estuario del río Ródano. Los coceos también estaban bien asentados en la isla de Córcega, donde fundaron la colonia de Alalia en 560 a. C.


Para entonces, según dicen, ya conocían bien las riquezas legendarias de Tartessos, donde fueron colmados de regalos, “así que los coceos se dispusieron a zarpar con rumbo a Cyrnus (Córcega), donde por orden de un oráculo veinte años antes habían construido una ciudad llamada Alalia.


Para entonces Argantonio ya había muerto” (Herodoto 1, 165), y, llegados a este punto, volvamos cabía atrás en el tiempo y hablemos de…


LA MÍTICA TIERRA DE TARTESSOS


La idea de la tierra occidental de Tartessos aparece en uno de los mitos helénicos más extendidos. El geógrafo Estrabón (escritor romano de la época de Augusto) relata el viaje de Hércules al lejano oeste, donde llevó a cabo su décimo trabajo. En esta región de Tartessos construyó Hércules dos columnas como monumento a su arduo viaje; y en la isla de Eritia, situada en aguas costeras, se le pidió que vigilase el ganado de Gerión (Estrabón 3, 5, 4; 2, 11).


El mito de Tartessos se considera paradigma del avance de la humanidad hacia una forma civilizada de vivir. Hay una historia interesante en el Epitome del historiador romano Justino (que en el siglo IV después d. C. resumió la extensa Historiae Philippicae de Pompeyo Trogo).

Mapa de Tartessos

En el bosque de los tartesios, donde abunda el ganado vacuno, había un rey llamado Gárgoris que fue la primera persona que supo como se recogía la miel. Tenía un hijo ilegítimo, llamado Habis, que enseñó a su pueblo (los tartesios) a utilizar el arado; impidió que se convirtieran en esclavos y los dividió en siete tribus (o siete ciudades) (Justino 44, 1, 14).


El oscurísimo mito de Tartessos fue absorbido por la poesía helénica: por poner un ejemplo sacado de la literatura clásica, “Tartessos era conocida de oídas (en tiempos de Homero) como “la más lejana en el oeste”, donde, como dice el propio poeta (Homero), cae en el Océano, “la brillante luz del sol, tendiendo la negra noche sobre la Tierra, el que da grano” (Estrabón 3, 2, 12). También se refiere a su propia fuente, Estesícoro de Himera (poeta griego de Sicilia que vivió en los tiempos de los viajes helénicos a los mares occidentales) para instaurar la tradición, cuyas raíces son muy profundas del “reino” de Tartessos; y aquí el mito de Gerión y su ganado en Tartessos se vuelve más pertinente:


Parece que los antiguos llamaron al río Bateéis “Tartessos”; y que llamaron a Gades y a la isla antigua “Eritia”; y se supone que esta es la razón por la cual Estesícoro habló de aquel modo del vaquero (pastor de ganado vacuno) de Gerión, a saber, que nació más o menos enfrente de la famosa Eritia, junto a las limitadas fuentes con raíces de plata del río Tartessos en una caverna de un precipicio (Estrabón 3, 2, 11).


Estrabón nos asegurará que Tartessos estaba situada más allá de un remoto paso en el sur de la Península Ibérica, y nos advertirá que en la Antigüedad no había unanimidad acerca de los límites geográficos de Tartessos. Y tampoco había opiniones no discutidas acerca de su asociación con un río, con una ciudad, o con ambas cosas, cada una de las cuales, según se consideraba, ofrecía una provisión igualmente favorable de buena suerte y prosperidad:


Dado que el río tenía dos bocas, se dice que en tiempos antiguos se proyectó una ciudad en el territorio intermedio, una ciudad a la que llamaron “Tartéside”… A Eratóstenes le contradice Artemidoro, que dice que esta es otra afirmación falsa de Eratóstenes…y, en realidad, todas las demás afirmaciones que ha hecho confiando en Piteas, debido a las falsas pretensiones de éste (Estrabón 3, 2, 11).


La Tierra de Tartessos se menciona en acontecimientos históricos documentados. Herodoto, historiador griego del siglo V a.C., tomó nota de más detalles del reino de Tartessos. Era gobernada por un rey en la época en que los meceos navegaron hasta el Mediterráneo occidental (c. 630-590 a. C.). El siguiente extracto de Herodoto se refiere a la muralla de Focea:


“Cuando (los coceos) llegaron a Tartessos se hicieron amigos del rey de los tartesios, que se llamaba Argantonio; gobernó Tartessos durante ochenta años y vivió ciento veinte. Los coceos se granjearon tanto la amistad de este hombre, que primero este les instó a irse de Jonia e instalarse en su país donde quisieran; y luego, al ver que no podía persuadirles y enterarse por ellos de que el poderío de los medos iba en aumento, les dio el dinero para que con él construyesen una muralla alrededor de su ciudad. Sin escatimar se lo dio; porque el circuito de la muralla mide muchos estadios, y todo esto está hecho con grandes piedras bien ensambladas” (Herodoto 1, 163).


El mito de la rica tierra de Tartessos fue transmitiéndose a lo largo de los siglos. Estrabón recuerda el pasaje en que Herodoto habla de la abundancia en la Península Ibérica. Dice Estrabón:


Y cabría suponer que fue por su gran prosperidad que la gente de allí recibió el nombre complementario de “Macroeones” [gente de larga vida] y en particular los jefes; y por esto Anacreonte dijo lo siguiente: “Yo, por mi parte, no debería ni desear el cuerno de Amaltea, ni ser el rey de Tartessos durante ciento cincuenta años”; y por esto Herodoto tomó nota incluso del nombre del rey, a quien llamó Argantonio (Estrabón 3, 2, 13-14).


Las limitaciones de espacio me impiden presentar otras citas y comentarios sobre Tartessos que se encuentran en la literatura clásica. Los que aquí he puesto son algunos de los más sobresalientes y conocidos, los más valiosos para comprender el concepto de Tartessos en la Antigüedad. Como mínimo sirve para resaltar las características principales de Tartessos que, sitúan vagamente en el remoto oeste o –“la más lejana en el oeste”- , la mítica Tartessos transmitía, de forma abstracta, las siguientes percepciones. Era una región accesible desde Gades, que asombraba a los viajeros debido a su abundancia en metales. Era una tierra ocupada por una raza de gente con una identidad conocida y de orígenes reconocibles, y resultó beneficiosa para los extranjeros en lo que se refiere al comercio.


Al tratarse de mi tierra, he buscado los orígenes de Tartessos por todas partes, y, todos los datos, huellas e indicios, me llevan al mismo sitio: Onuba, o lo que es lo mismo, lo que hoy se conoce por Huelva.


En los escritos de Homero, Avieno, Estrabón y Herodoto, leyéndolos en profundidad, se concluye que Huelva (y alrededores) era el mítico Tartessos.


En el valle del Bajo Guadalquivir se han identificado más de 300 asentamientos que cronológicamente pueden incluirse en el período tartesio, pero ninguno de ellos reúne condiciones para haber sido el emplazamiento real de Tartessos: hasta ahora la búsqueda de la ciudad ha sido infructuosa. Cádiz que a menudo se confunde con Tartessos en la época romana y que probablemente es la más importante de las ciudades del Mediterráneo occidental del siglo VI a. C., es indiscutiblemente la ciudad fenicia de Occidente.


Igualmente, es difícil determinar a qué río deberíamos llamar Tartessos: algunos lectores de Estrabón escogería el río Betis (Guadalquivir), mientras que algunos lectores de Avieno (poeta romano del siglo IV d. C. que escribió un largo poema titulado Ora marítima, siguiendo el texto de un antiguo itirenario geográfico datada generalmente en c. 600 a. C.) optarían por el río Tinto, en Huelva.


De Tartessos es mucho lo que se podría hablar, sin embargo, no podría hacerse aquí, en un lugar algo limitado, toda vez que los datos en mi poder podrían llenar muchas páginas.


Así que, amigos míos, os dejo una simple reseña de aquel Tartessos mítico del que todos hablan y del que nadie sabe dar una razón cierta.


-Emilio Silvera-

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